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GDC | §1.1 – La necesidad de la gestión del color

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Una de las consecuencias indirectas más evidentes que la tecnología digital introdujo en la gráfica es la necesidad de gestionar el color, es decir, asegurar que a lo largo del proceso gráfico no sólo se intercambien documentos, en el sentido de asegurar su contenido, sino que también se pueda comunicar con la mayor precisión posible cómo esos documentos deben lucir al ser materializados. Esto se hace aún más evidente ante la diversidad de salidas que puede alcanzar una pieza gráfica. Comunicar el color de manera eficiente entre los diferentes procesos será nuestro problema a resolver; describir la solución que actualmente nos brinda la tecnología, sus alcances y sus limitaciones para alcanzar ese objetivo, es el propósito ulterior de esta asignatura.

Una introducción al problema de la gestión del color

Veamos qué elementos y contextos del proceso gráfico ponen de manifiesto el problema cuya solución nos ocupa.

Escenario 1: El color impreso

Antes de la “invasión” de la tecnología digital al campo de la gráfica, esta industria operaba, en cuanto al color se refiere, en un “universo cerrado”; la producción de contenidos, su tratamiento y su impresión final estaban totalmente dentro de un proceso que, si bien dependía (y actualmente depende) de muchas personas, todas ellas estaban en última instancia contenidas dentro de la misma compañía, utilizando el mismo equipo impresor. En este contexto, cualquier descripción de color se refería simplemente a cómo obtenerlo en ese equipo particular. Una persona que trabajara en un lugar así, generalmente con muchos años de experiencia en “obtener el color correcto”, desarrollaba una noción “atada” a ese sistema: tales porcentajes de tintas eran tal color, por ejemplo.

La introducción de los primeros sistemas digitales de preprensa hace mucho por optimizar los procesos; sin embargo, no hace nada todavía por modificar la manera en que se trata el color. No es para asombrarse: la revolución del desktop publishing permite la generación de contenidos directamente en forma digital, pero los nuevos sistemas de preprensa se limitan a hacer de manera digital lo que antes se hacía de manera analógica; el mundo de la impresión sigue siendo cerrado. El equipo impresor es quien impone su manera de tratar el color a toda la cadena, y todo aquél que realice un trabajo a imprimirse en ese equipo tiene dos opciones: aprender gráfica (impresión, porcentajes de tinta, curvas de separación) o dejar esto en manos de la ahora preprensa digital. Desde el comienzo debe conocerse en detalle el sistema de impresión a utilizar para garantizar la reproducción de color. Hasta los escáneres profesionales de la época se distinguen de los otros por generar archivos directamente en CMYK, en una muestra de sumisión ante su majestad el impresor.

Este estado de cosas empieza a cambiar cuando la gráfica se diversifica: distintas tecnologías de impresión, generación cada vez más diversa de contenidos, canales de salida distintos al papel impreso. El universo gráfico se hace abierto, al punto que ahora se vuelve común diseñar contenido sin saber de antemano qué tecnología se utilizará para materializarlo, algo impensado años atrás. Se empieza a comprender que cuando elegíamos una combinación de porcentajes de CMYK en un programa de diseño no estábamos eligiendo un “color”; sólo estábamos instruyendo al equipo impresor (a un cierto equipo impresor) cuáles y cuánta tinta había que depositar en el papel para lograr (si todo salía bien) el color deseado.

Reconocer esta situación es importante, pues es el punto de partida de la necesidad y desarrollo de la gestión del color: sin el uso de una administración tal, el diseñador sólo puede describir color conociendo al detalle cómo obtenerlo en un equipo impresor específico.

Escenario 2: El color en pantalla

Los mismos sistemas digitales de preprensa antes mencionados permitían observar color en una pantalla, pero sólo como referencia; para el operador sólo contaba la indicación de los porcentajes de CMYK que el software mostraba, y el color era juzgado exclusivamente por el conocimiento empírico que ese operador tenía sobre el mismo. Era necesario poseer una biblioteca mental que relacionara los valores medidos en pantalla con el color que se obtendría en el equipo impresor. La corrección de color no se hace por observación, sino más bien numéricamente, es decir, con asistencia digital.

Para tarde, el desktop publishing y los monitores profesionales permiten por primera vez la corrección de color de imágenes en tiempo real con cierto grado de consistencia. Ahora sí nos permitimos juzgar y modificar el color de una imagen observándola en pantalla, sin darnos cuenta que al hacerlo sólo estábamos describiendo qué cantidades de rojo, verde y azul (las “tintas” del monitor) hacían que esa pantalla particular reprodujera un color determinado.

Por otro lado, sabemos que es industrialmente imposible construir dos equipos idénticos, así que es perfectamente posible observar colores diferentes en monitores diferentes con las mismas cantidades de rojo, verde y azul, aún cuando esos monitores sean de la misma marca y modelo. Cuando uno comprende este hecho, pierde de manera automática la inocencia de pensar que, sin cuidados adicionales, otra persona verá esa imagen en otro monitor exactamente como nosotros. No logramos, entonces, comunicar el color; comunicamos números que sólo tienen sentido para un aparato al que nuestro destinatario no tiene acceso.

Escenario 3: Del color en pantalla al color impreso

Por último, se llega a una situación en la que la confianza en el color visto en pantalla crea la ilusión de que ese color puede llevarse a otro medio: “si lo veo en pantalla, ¿por qué no lo voy a ver impreso?”, dice el diseñador, desconociendo a veces la terrible diferencia entre las diferentes tecnologías y principios físicos empleados para “crear” color en uno y otro sistema. Entonces llega el impresor y advierte al diseñador que ciertos colores que la pantalla muestra “no existen”, delatando un sistema mental de concebir el color “prisionero” de una cierta tecnología, producto de trabajar años en su “universo cerrado”. Aparecen así discusiones interminables, que nunca parecen zanjarse porque ningún bando reconoce que el problema radica en que no estamos comunicando color, sino sólo números: porcentajes de tinta en un caso, cantidades de luz en otro.

Descripción del (principio de la) solución

Habiendo reconocido que el problema es cómo comunicar el color, anotaremos las herramientas de las que deberemos disponer para implementar una solución:

  • Necesitamos un método para “objetivar” el color, un sistema de medición lo más absoluto posible que nos permita describirlo sin referirnos a ninguna tecnología para materializarlo, existente o futura;
  • Necesitamos una manera de “predecir” qué color obtendré en un equipo dado ante determinados valores de su entrada. Téngase en cuenta que la palabra “equipo” denota cualquier dispositivo con capacidad para percibir o generar color, y por lo tanto incluye (pero no se limita) a impresoras, monitores, escáneres y cámaras digitales;
  • Necesitamos una forma estándar de comunicar el color de un proceso a otro, donde los datos puedan eventualmente modificarse siempre que la información de color permanezca inalterada;
  • Por último, necesitamos reconocer cuándo un color pretendido no es reproducible en un determinado equipo, y tener algún criterio válido para elegir un color sustituto.

El conjunto de conocimientos y técnicas que permiten cubrir estas necesidades y lograr esa comunicación de color se denominan gestión del color o color management (que abreviaremos GDC cuando hablemos de la asignatura, ó CM cuando nos referimos a la técnica en sí). Con este plan, desarrollaremos los conceptos fundamentales y las ideas que subyacen a la solución que la tecnología brinda hoy a este problema.

§1.2 – El color >